jueves, 27 de diciembre de 2012

Cada vez que suenan cascabeles

Relato finalista en el concurso de Navidad de "Mis Relatos. Mi Mundo". Pincha para ver el blog en el título :) Y si te gusta el relato, vótame.
Cada vez que suenan cascabeles





  • Sofía...
  • ¡¿Mamá!?
  • No grites, por favor.
  • Lo siento-respondió ahora susurrando la chica.



No quería llorar, pero las lágrimas acudían a ella sin poder evitarlo. En pleno 25 de diciembre tenía a su madre en frente. No es que nunca la hubiese tenido delante en Navidad, si no que ahora la tenía así de otra manera. En la camilla de un hospital.

A su querida madre le había asaltado el cáncer hacía dos meses, pero no había sido tan fuerte hasta ahora. Ya no era la misma de antes. Había cambiado su larga melena marrón por un pañuelo fucsia para ocultar su calva debida a la quimioterapia. Su delgadez era evidente y excesiva y su palidez extremadamente notable.

Pero no solo su madre había cambiado. No acostumbraba a pensar eso ya que se sentía bastante egoísta ya que según ella, saltaba a la vista que la peor parte se la estaba llevando segundo a segundo su madre. En cualquier caso, sobre todo al verse en el baño, y ver su reflejo, no podía evitar que a veces se le pasara por la cabeza que ella también había cambiado. A sus amigas de toda la vida les había contado lo de su madre la noche anterior, demasiado preocupada por el día que se avecinaba como para no explotar y contarlo. Ellas no podían hacer nada, pero la habían intentado animar de numerosas maneras aunque sin éxito siempre. En el fondo, Sofía se sentía terriblemente mal por ello, pues sabía que lo hacían con buena intención, pero no podía evitar derrumbarse día sí y día también.



  • Mira Sofía. No te voy a mentir. Creo que esto es el final. Siempre supimos que era posible y..bueno.
  • No, no, no, no puede ser.

La chica de trece años salió apresuradamente al pasillo y llamó un poco precipitadamente a la enfermera de su madre.

Ésta entró en la habitación y le pidió a Sofía que saliese durante unos minutos. No sin reproducir muchos improperios en su cabeza, ella asintió y volvió a salir.

Tras una media hora -no había querido mirar el reloj porque sabía que se le haría más largo- la enfermera salió de la habitación con el semblante pálido.

  • Lo siento, pequeña.-le dijo sinceramente a la hija de aquella pobre paciente.

Sofía entró en el cuarto en el que su madre pasaría el último tiempo de su vida y vio que su madre había llorado. Como siempre, no quería que ella la viera llorar.

  • Quiero que sepas que te quiero.-dijo Sofía sabiendo que esas serían las últimas palabras que su madre oyese de su boca.

Ella siempre había querido ser como su madre, fuerte, así que hizo acopio de valor y no soltó una sola lágrima en ese momento. Su padre las había abandonado cuando la niña tenía apenas 4 años, y su madre había tenido que sacarla adelante y la verdad era que no había tenido ningún problema.



Fuera, se oían a través de la ventana a niños y Papás Noeles cantar por las calles sin preocupaciones. También se oían muchos cascabeles y las ruidosas campanas de la iglesia. Por los pasillos del hospital ya se podía ver a algunas enfermeras vestidas con ropa de calle dispuestas a acabar su turno y salir a, lo más seguro, comprar los regalos de Navidad.

Navidad siempre había sido la época del año favorita de Sofía. Ya no por los regalos, que de pequeña, como a todos los niños de su clase y casi del mundo, se podría decir, le atraían, si no por la gente feliz y el paisaje nevado.

Sofía permanecía cogida de la mano de su madre.

En ese instante, un copo de nieve se coló por la ventana abierta por exigencias de su madre. La verdadera forma del copo duró unos instantes, pero a Sofía le pareció el copo más bonito y perfecto que había visto jamás. Aunque no guardaría un recuerdo muy perfecto de él, aunque sí significativo, ya que en el momento en que el copo cayó sobre la madera de la repisa de la ventana, dejó de sentir fuerza en la parte agarrada de su mano por su madre y por fin, la mujer, cerró los ojos para siempre.

Sofía miró el copo y volvió a sentir los ojos llorosos y aguados, como estaba el copo blanco en ese momento. Pero entonces, oyó unos cascabeles muy fuertes. Casi le pareció que provenían de su corazón. Aguzó el oído y se dio cuenta de que, en efecto, no sabía de donde venían pero su sonido inundaba todo su ser.

Miró por la ventana en busca del grupo -que tenía que ser numeroso- que estaba haciendo esa música tan celestial, sin embargo, por primera vez en muchas horas, vio la calle prácticamente vacía.

Entonces, su mirada se dirigió al cielo al recordar una película que vio muchas Navidades con su madre. La frase más significativa y famosa decía:

“Cada vez que oigas cascabeles, es que un nuevo ángel tiene sus alas”.
 

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